Hacer lo que hizo José

 
Hacer lo que hizo José
 
 
Is 7,10-14; Sal 23,1-2-3-4ab.5-6; Rm 1,1-7; Mt 1,18-24;
 
José bien podríamos decir que hizo dos cosas, aunque las dos van unidas. Primera: «hizo lo que el ángel le había dicho», y, segunda, «se llevó a María a su casa».
Este gesto de José es de gran importancia para nosotros porque, si lo acogemos y lo hacemos nuestro, puede marcar toda nuestra vida de una manera determinada.

José hizo lo que el ángel le dijo. La propuesta de José para nosotros hoy, es que aprendamos también como él a hacer lo que el ángel, lo que Dios dice. Y que aprendamos cada día a buscar saber, a buscar conocer eso que Dios dice para poder hacerlo. Por una parte a través de la Palabra escrita.

Cada palabra de Jesús en su enseñanza es lo que El dice para nosotros. Cuando dice: «Amarás a tus amigos y a tus enemigos», eso es lo que Dios nos dice. Cuando el Señor dice: «compartirás tu vida con quien la necesite», eso también es lo que Dios nos dice. Cuando nos dice: «no seas terco, sé obediente», cuando nos dice: «no pienses tanto en ti, piensa un poco más en los demás», cuando nos enseña a compartir lo que tenemos también eso es lo que Dios nos dice.
Cuando le dice al leproso: «ve a cumplir lo que marca la ley de Moisés», también a nosotros nos lo dice: Ve y haz lo que establece la Iglesia.
En muchas ocasiones nos agradarían o, incluso buscamos y deseamos, unas palabras especiales pronunciadas por el Señor especialmente para nosotros mientras estamos orando; pero olvidamos que las palabras escritas mantienen hoy toda su vigencia como la misma que podría pronunciar hoy los labios del Señor.

La llamada que el Señor nos dirige hoy por medio de la actitud de san José, nos lleva, pues, a amar más la Escritura y a unirnos más al Señor a través de una lectura asidua de las Santas Escrituras. No se trata ya de «meditar», sino, como la Madre de Dios, de guardar las cosas de Dios en nuestro corazón, así podremos vivirlas de manera adecuada.
De la misma manera que un campesino
cuando planta bien un árbol es éste medra y fructifica, cuando guardamos la Palabra del Señor en nuestro corazón, también ésta da frutos de vida eterna por sí sola en nosotros. Nuestra tarea es plantarla bien, cuidarla, atenderla, mirarla, vivirla, y como hemos dicho también tantísimas veces, vivir en paz, vivirla en paz.

José recibe la palabra del ángel. No se pregunta
más, simplemente cree que lo que le dice el ángel viene de parte de Dios y lo acepta, sin más. Por el contrario, nosotros parece que somos más duros
de corazón, más difíciles y complicados: le damos vueltas y dejamos que nuestras limitaciones,
nuestras flaquezas y, a veces, el amor propio
ocupe un primer lugar.
José deja todo al margen. Simplemente lo dice el ángel de Dios, y lo acepta dejando incluso al
margen lo que había pensado instantes antes: abandonar a María. Porque ¿qué iban a decir los demás? La acusarían y él no podría defenderla y…
Se le habían amontonado las ideas, al igual que nos ocurre

también a nosotros muchas veces. Pero él nos enseñó cómo, de manera tan sencilla, podemos sobreponernos a esa lluvia de ideas y como podemos simplemente aceptar lo que le viene de Dios y hacerlo. Sin más.

A veces uno echa de menos tener esa sencillez que tenía José o la Madre de Dios. Esa simplicidad para hacer las cosas así, simplemente hacerlas y vivir con la paz que ellos tuvieron que vivir. José sabía sin duda, lo había pensado antes, que se iba a enfrentar a un revuelo en el pueblo. Era pequeño, todos se conocían, casi todos eran medio familia. Pero él hizo lo que le dijo el ángel. Eso implicaba una confianza increíble en que era verdad.
¡Si nosotros diéramos también a la Palabra de Dios esa credibilidad de esa manera tan sencilla! Cuando nos dice: «el que se humilla será ensalzado», no nos importaría, por ejemplo, no ser considerados. Pero como no nos lo creemos del todo entonces seguimos los caminos que nos marca el mundo en el que vivimos.
Frente a estas tendencias de nuestra debilidad, san José muestra una gran confianza y una gran credibilidad hacía la palabra del Señor, Con ello, hoy, nos llama a tener una gran confianza y una gran credibilidad que sean también el soporte de nuestra fe y que le den también su razón de ser a esa misma fe. Porque una fe así vivida se sustenta sobre el amor.

El segundo gesto que hace José también tiene gran trascendencia.
No podemos por menos de destacar que las cosas más trascendentes de la Escritura son hechas todas ellas de manera sumamente simple: José se llevó a la Madre de Dios a su casa.
Es difícil pensar hasta dónde José pudo entender que María iba a dar a luz un hijo concebido por el Espíritu Santo; pero lo que sí queda claro es que José creyó al ángel, aunque, presumiblemente, no lo entendería porque es difícil de encajar. Pero José lo asumió y «se llevó a María a su casa». Hace unos instantes se separa de su esposa María y a la que recibe, con todo
lo que eso supone, es a su esposa María que es la Madre de Dios. Y, si es difícil de entender que Ella es la Madre de Dios, podemos imaginar también lo difícil que se debe hacer pensar si quiera que va a vivir con la Madre de Dios.
José de pronto se quebranta ante Dios completamente, hace lo imposible, lo que a cualquier hombre le sería imposible hacer, pero él lo hace porque Dios está con él.

 San José queda quebrantado interiormente y recibe a la Madre de Dios en su casa y se dedica el resto de sus días a cuidarla a Ella y al Niño. También eso es algo importante para nuestra vida, porque también nosotros podemos acoger en nuestra vida a la Madre de Dios y dedicar nuestra vida a cuidarla a Ella y al Niño. Pero, para llegar hasta aquí, José tuvo que pasar primero por la experiencia de un parto virginal. Y es que, desde la perspectiva de Dios, las cosas aparentemente más difíciles y de más difícil comprensión, requieren una simplicidad y una sencillez tan grande que a uno le parece casi imposible de alcanzar hoy por nosotros. Pero lo que no es posible para el hombre -José lo tenía muy claro- es posible para Dios.

 De ahí en adelante se encontró con un niño que crecía, se desarrollaba igual que los demás pero que a la vez él sabía que era diferente, aunque tampoco entendiera en qué ni por qué. También nosotros podemos cuidar de Jesús en nuestra vida y en nuestra casa y cuidar que El crezca en nosotros como un hombre normal, sabiendo que el que crece, de alguna manera, también es Dios.
Velar y cuidar a Dios en tu vida. Velar y cuidar porque él está ahí creciendo en ti. Y velar y cuidar de la Madre de Dios en ti, también, porque la Madre siempre estuvo donde estaba el Hijo y la Madre sigue estando donde está el Hijo.
Nosotros necesitamos sentirnos responsables de que hacemos algo por amor, de verdad y que de verdad es por amor, que no es por nada más. Y a partir de ahí, también como José, hacer lo que Jesús hacía, lo que Jesús decía, porque también Ella hizo lo mismo.

El evangelio de hoy, pues, entre muchas cosas nos resalta especialmente estas dos: hacer lo que el ángel dice y acoger y cuidar a la Madre de Dios y a Jesús en nuestra vida, dejando de lado tantas cosas que nos turban, nos perturban y nos impiden hacer lo que tenemos que hacer y haciendo las cosas con simplicidad, con naturalidad, porque hay que hacerlas, porque es bueno, porque es Ella y es El y porque es Dios quien lo ha dicho.

 

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