¿Quieres ser feliz?

 
 
 
 ¿Quieres ser feliz?
 
So 2, 3; 3, 12-13; Sal 145, 7. 8-9a. 9bc-10; 1Co 1, 26-31; Mt 5, 1-12a;
 
 
Las palabras del evangelio serían hoy una respuesta a nuestro tiempo en el que todo tiene que estar muy claro para que se pueda hacer.
Quizás los hombres hemos hecho de nuestra vida algo muy complicado, algo tan complejo y tan difícil, que Jesús tuvo que volver a expresarnos y volver a explicarnos, resumido primero y después ampliado -podríamos decirlo así- cuál es la manera en que el hombre tiene que vivir para ser feliz.
Al comienzo del evangelio de san Mateo (Mt 5), Jesús nos hace como una introducción, un resumen de esa manera de vivir, que podríamos explicar como instrucciones para la vida, instrucciones para ser feliz, instrucciones para vivir.
Después de las Bienaventuranzas -a renglón seguido- comenzará a explicar a los discípulos cómo tienen que vivir como tales. Después, seguirá explicando cómo tienen que ayudar a otros para que descubran el amor de Dios y que Dios los llama a una vida feliz, y –después- irá describiendo cómo tienen que vivir los cristianos.
Pero ya en las avanzadillas del evangelio de san Mateo, nos ofrece un resumen más completo del evangelio. Nos resume y nos lo expone -con frases breves- para que podamos entenderlo y recordarlo con facilidad. No olvidemos que -en aquellos tiempos, cómo todavía en la actualidad en algunos países asiáticos- la Escritura se transmitía oralmente.
Jesús fue un gran maestro, un gran pedagogo -diríamos hoy- alguien que sabía enseñar y, como buen judío, también enseñaba con pequeñas sentencias, con pequeñas frases para que pudiéramos grabarlas en el corazón, como afirma san Lucas que hacía la Madre de Dios.
Y así Jesús nos resume cómo vivir feliz condensándolo en unos puntos breves que vamos a recorrer rápidamente dando solo unas pistas para la oración y reflexión personal:

¿Quieres ser feliz? pues sé pobre en el espíritu.
Siempre nos pone una primera parte: «Dichosos» que es como decir: Serás feliz si… Pues si quieres ser feliz… –añade- tienes que ser pobre en el espíritu.
¿Qué quiere decir pobre en el espíritu? ¿Qué tengo que ser pobre [solo] espiritualmente? No. Hablando coloquialmente, pobre en el espíritu no quiere decir que sea bueno para mí necesariamente tener una cuenta corriente suculenta en el Banco y nadar en la abundancia y vivir una vida llena de caprichos -por decirlo de alguna manera- o de excentricidades, o de gastos o de desorden económico y ser una persona que va mucho a misa o que reza mucho.
Pobre en el espíritu es aquél que vive la pobreza desde dentro, que descubre y se da cuenta de que él no es nada ante Dios y que desde ahí, desde esa experiencia de pequeñez y desde esa experiencia de pobreza personal, aunque sea un gran genio, vive compartiendo su vida entera (se refiere a todos los aspectos de la vida). Y, así, ser un hombre bondadoso en el trabajo, en la familia, en la calle, en la parroquia, en la casa, en donde sea, dondequiera que se encuentre. Ser un hombre que da su vida a los demás, tan bien que comparte la mesa con el que lo necesita y comparte sus bienes con quienes lo necesitan. Porque es un hombre que sabe que su riqueza es Dios y eso, que se manifiesta en la vida, tiene que hacerlo llegar a los demás, porque Dios es su gran tesoro y, por consiguiente, todo lo que El le ha dado (sea lo que sea) es para que a través mío lo comparta con los demás.
El pobre es el concepto contrario de rico y dice el refrán popular que rico es aquél que no comparte, que se lo guarda. Y en cierta manera es verdad. Aquél que vive para sí mismo, que tiene todo para sí mismo, que no comparte con la Obra general de Dios, (llámese institución eclesial, llámese una ONG, llámese un Tercer Mundo…), aquél que no comparte, es rico y el rico –cree- no necesitar de Dios, desgraciadamente, y vive al margen de El. De su riqueza ha hecho un dios. Por eso el que es rico -en este sentido- no accede al Reino de Dios, no es que el Señor lo prohíba, es que él no accede porque no ha descubierto el amor de Dios y ha dejado que su riqueza, sus comodidades, sus bienes, su bienestar… ocupe el lugar que corresponde a Dios.
Por eso Jesús nos dice: ¿Tú quieres ser feliz? sé pobre desde tu espíritu, desde lo más interior sé pobre.
Después dice: «Dichosos los que lloran porque ellos serán consolados».
En este pasaje podríamos traducirlo por, «dichosos aquellos que tienen un corazón compasivo, por aquellos que se compadecen, porque ellos son los que ríen con los que ríen, lloran con los que lloran, padecen con los que padecen…»
El que no tiene un corazón compasivo ve alguien sufriendo y -en el mejor de los casos- pasa sin darle importancia.
El Señor nos dice: ¿Tú quieres ser feliz? Ten corazón compasivo hasta las lágrimas, es decir hasta que llores por el dolor ajeno; hasta que el dolor ajeno te impresione tanto, te cale tan profundo que si es necesario llorar, llores. Pero lo que debes guardar es un corazón compasivo, lleno de compasión por los que sufren. Y compasión, etimológicamente incluso significa «padecer con», padecer con los que padecen, con los demás.
No seas, pues, indiferente ante el padecimiento ajeno. No seas indiferente ante el sufrimiento de los hombres, ante el llanto de los que sufren… y compártelo en tu vida como algo tuyo, no como algo que contemplas –como en los toros- desde la barrera sin que te implique para nada y no logras derramar ni una sola lágrima de dolor, de compasión. No padeces con los que padecen. Esta es la causa –entre otras, por supuesto- que no nos conduce a la felicidad, porque no padecemos con los que padecen, no tenemos un corazón compasivo.
Después dirá: “Dichosos los sufridos”.
Si quieres ser feliz no temas el dolor, no temas sufrir porque la vida por sí misma, en sí misma lleva padecimiento, lleva dolor, lleva muchos padecimientos.
El animal cuando corre mucho para escapar del cazador se cansa y eso es normal. De la misma manera, el dolor o el “sifrimiento” forma parte natural de nuestra vida. Por ello, no hemos de tener miedo a esos padecimientos, ni intentar crear una vida sin ellos. Si quieres ser feliz tienes que entender que en tu vida hay momentos de padecimiento y tienes que asumirlo porque ese padecimiento que experimentas -en palabras de san Pablo- «completa los padecimientos de Cristo», tienen valor -diríamos- redentor porque se unen a la Pasión de Cristo para salvar a los hombres.
El final siempre es el mismo, como veis: el amor, los demás, compartir, la caridad. La razón de muchos padecimientos humanos es la misma actualización de la Redención de Jesús, es una participación en esa transformación de la Creación. Pero hay que integrar esos momentos de sufrimiento y de padecimiento no como una maldición, sino algo que hay que asumir y aceptar con gozo porque de ahí siempre sale algo bueno. Del dolor del parto de una madre nace una nueva criatura. Ninguno de nosotros estaría aquí si nuestra madre hubiera huido del dolor del parto y hubiera abortado.
 
Y Jesús sigue diciendo: «Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia».
Justicia en las Escrituras es sinónimo, equivalente a santidad. Entonces aquí podríamos leer: «Feliz serás si tú deseas con todas tus fuerzas alcanzar la santidad». Si lo deseas con todas tus fuerzas, si no eres un mediocre o un pusilánime, si no te quedas en medio, si no vas jugando a ser cristiano ligth –como se escucha hoy- si no vas jugando a las medias tintas. Si eres un hombre coherente, serás feliz. Serás feliz si aspiras a la santidad, es decir, si pones en práctica el evangelio. Serás feliz si vives como Jesús.
La santidad no es solamente un añadido que tienen algunas personas porque son especialmente buenas. La santidad es la vida feliz. La misma vida feliz.
Después nos dirá: «… tened hambre y sed de santidad, es decir, deseo insaciable de Dios».
Normalmente, el deseo insaciable consideramos que es algo fuerte para uno mismo, algo importante, algo en lo que no nos entretenemos por alcanzar, y en lo que no nos queremos distraer porque nos parece inalcanzable, imposible, propio sólo de unos cuantos «seres especiales».
Dice también: «Serás dichoso –feliz- si tienes un corazón misericordioso».
A veces -como dicen muchas personas- «Yo perdono pero no olvido». Pero eso no es perdón, ni muchísimo menos. No es más que una fantasía, un engaño con el que los hombres pretenden seguir enseñoreándose de su vida bloqueando su corazón al amor.
El Señor nos llama a tener un corazón misericordioso porque el que está –digamos- enfadado con alguien, vive siempre dando vueltas, siempre apuntando cosas, siempre pendiente de los demás en sentido negativo. Vive siempre con ansiedad, con tensión y en una situación interior desastrosa. No descansa ni un instante, siempre está -voluntaria o involuntariamente al final-, urdiendo unas redes de incomprensión, de rechazo, de marginación… en las que acaba cayendo él mismo y, de esta manera, se excluye de la misericordia de Dios.
Dice el refrán castellano que «De lo que se come se cría». La vida es lo mismo: si vivimos en la misericordia y somos misericordiosos, la misericordia de Dios entrará más abundantemente en nosotros, porque al ser misericordiosos abriremos la puerta y Dios podrá entrar con más amplitud.
Sin embargo, si no somos misericordiosos, viviremos encerrados en nosotros mismos y, cuando Dios derrame su misericordia, no la podremos recibir. Nos lo explica san Juan en el Prólogo de su evangelio: «Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron». Cuando no somos misericordiosos, el Señor viene a nosotros pero nosotros no lo recibimos. El llega a nuestra puerta y llama (cfr. Ap. 3), pero nosotros no le abrimos. Por eso Jesús nos dice: «Sed misericordiosos». Tened un corazón misericordioso porque en esa medida que vosotros vayáis siéndolo iréis abriendo la puerta
para salir de vosotros mismos y el Espíritu de Dios os inundará.
Dijo también: Tened un corazón limpio y trabajar por la paz.
Tener un corazón limpio es muy sencillo. Ocupados en lo bueno, vivir pendientes de lo bueno que hay en Dios, de lo bueno que hay en la vida, de lo bueno que hay en el mundo, de lo bueno que hay en vosotros mismos. Porque si os mantenéis en lo bueno en la limpieza de corazón que es la bondad, seréis felices. Pero cuando estáis todo el día siendo «profeta de malas noticias» y le cuentas la misma mala historia a otro y a otro… Al final el mal se va adhiriendo -como una neblina- y va envolviendo tu vida y, allá donde vas, esparces la neblina del mal, de la mala noticia, del dolor, del pesar, de la angustia, del sufrimiento.
Y dice el Profeta: «Dichosos los pies del mensajero que anuncia la paz». No dice dichosos los pies del mensajero que anuncia las malas noticias que ocurren en el mundo. Por eso el que tiene el corazón limpio, el que guarda la bondad -lo bueno- en el corazón, el que vive pendiente de lo que es bueno para vivirlo, hacerlo y comunicarlo… ese tiene el corazón limpio por que en ese Dios se mira como en un espejo. Y ese construirá la paz, ese será un mensajero de paz porque dará lo que tiene: un corazón limpio. Dará lo que hay en él: un corazón limpio. Y trabajará por la paz.

Y a trabajar por la paz se comienza viviendo en paz. Como hemos dicho en reiteradas ocasiones viviendo en paz como el pez en el agua. Si nosotros vivimos en paz, nosotros viviremos. Si no vivimos en paz, iremos muriendo.
Lo mismo le ocurre a nuestro mundo: si el mundo no vive en paz, se difunde la guerra, la discordia, el enfrentamiento, el conflicto, y el hombre se muere lentamente.
En este evangelio el Señor –en dos palabras- nos enseña el camino por el cual debe circular nuestra vida y nos marca las líneas maestras de nuestra vida cotidiana.
Yo terminaría con las palabras que tanto ha repetido Juan Pablo II: «No tengáis miedo» a vivir así, «no tengáis miedo». Porque ese es el camino de la Vida. Ese es el camino en el que nosotros los hombres podemos ser felices.

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