“Un sólo corazón y una sola alma”

 
 
 
"Un sólo corazón y una sola alma"

La comunidad de Pentecostés

 

Cuando aquellos discípulos experimentaron la ausencia del Maestro, el miedo golpeó todo su cuerpo. Fue necesario que el miedo los reuniera. Miedo a lo que podía suceder. Miedo a la mala condición en que estaba Jerusalén. Miedo a que les pudiera ocurrir a ellos lo mismo que a Jesús. Pero, una vez más, san Pablo tiene razón: «Todo es para bien de aquellos que aman a Dios». Y, así, el Señor se sirvió del miedo mismo de los discípulos para poder reunirlos en un solo lugar. Y de la misma manera –como afirma la Escritura- que «donde hay temor no hay amor», así también «donde hay amor tampoco hay temor».
De pronto, una brisa se hizo sentir en el aposento alto donde se encontraban los discípulos. Y el Espíritu del Señor inundó el lugar cambiando lo blanco en negro, transformando lo oscuro en luminoso. Y de un puñado de hombres llenos de miedo sacó hombres nuevos, con un corazón nuevo, con un espíritu nuevo -como dice el profeta Ezequiel-. Un corazón nuevo y un espíritu nuevo que les llevó a tomar conciencia de quién era Jesús y sobre todo les llevó a tomar conciencia de que la palabra de Jesús se cumplía también en aquella enseñanza de la vid y los sarmientos: «Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. Si los sarmientos no están unidos a la vid no pueden llevar fruto. Pero si los sarmientos están unidos a la vid se les poda para que den más fruto».

Y así los discípulos (y las santas mujeres que junto a María, la Madre de Jesús, estaban con ellos) entendieron que a partir de ese día, algo sustancial en sus vidas tenía que cambiar. Ya no eran hombres y mujeres independientes. Ya no eran hombres y mujeres que pudieran vivir sin los demás. Ya no podía vivir cada uno en su casa y esconderse juntos o ir a la vez para esperar -Dios sabe qué cosa que pudiera suceder-.
En esa mañana y en los momentos siguientes los discípulos entendieron que era necesario romper su independencia y lo entendieron desde la vida. Lo entendieron porque el amor que ellos experimentaron en sus corazones les desmontó todo el «tingladillo» que se había montado cada uno. Unos iban con Jesús porque habían quedado maravillados por sus obras. Otros le seguían porque pensaban que Jesús era el nuevo rey David. Y otros simplemente iban con El, pues a ciencia cierta no sabían por qué, pero iban con El. Tanto lo sabían poco que la madre de dos de ellos le dijo: «sienta uno a tu derecha y otro a tu izquierda» a Juan a la derecha y a Santiago a la izquierda. Lo cual demostraba que no sabían muy bien todavía de qué iba la predicación de Jesús. Pero entendieron que tenían que romper su independencia, que eran «un solo corazón y una sola alma», que no podían sino respirar al mismo tiempo, que no podían sino beber y ser nutridos por la misma sangre, que no podían sino introducir en su cuerpo el mismo aire, la misma vida. Y entendieron que no podían vivir los unos sin los otros.
Tan claro lo entendieron que hasta los judíos se daban cuenta.

Y hasta los venidos de Media y de los extremos del confín de la tierra conocido entonces, comenzaban a observar que había algo diferente en este grupo de hombres y mujeres que hasta ayer no estaban en la ciudad porque estaban escondidos.
Entonces ellos empezaron a respirar con el mismo aire. Comenzaron a sentir la misma sangre en sus venas, la sangre derramada por Jesús en la cruz. Comenzaron a sentir el mismo viento, el que esa misma mañana había soplado y les había abierto los ojos, les había abierto el corazón y entendieron lo incomprensible: ni tú eres tú, ni yo soy yo, que somos el mismo.
San Pablo diría después: «Porque si vivimos, vivimos para el Señor y si morimos, morimos para el Señor, porque en la vida y en la muerte somos del Señor». Y ellos entendieron que eran de Dios. Ya no era solamente el pueblo elegido, eran de Dios, y el mismo Dios los había hecho una sola cosa.
Por eso dirá Hecho de los Apóstoles (2, 42-47) «Acudían asiduamente a la enseñanza de los Apóstoles, a la Comunión, a la fracción del pan y a las oraciones». No era un rito, no era una obligación, no era un seminario de fin de semana, ni era una misa dominical. Era el latido de sus vidas. Era más que la comida que comían cada día. Era el aliento que les daba la fuerza. Y sí, el temor se apoderaba de todos pues los Apóstoles realizaban muchos prodigios -añade- Y sigue: «Todos los creyentes vivían unidos, tenían todo en común».
Nosotros cuando hablamos de estar unidos lo hacemos a veces tan espiritualmente que la unidad resplandece por su ausencia. Estamos muy unidos en la oración pero cada uno tiene su pensamiento, su sentimiento, su independencia.
Y añade Lucas: «Tenían todo en común». Nosotros cuando pensamos todo en común, pensamos en el dinero, la bolsa común para obras comunes, pero no pensamos la vida en común. Ellos pensaron la vida en común, ellos se dieron cuenta de que era la misma vida, era el mismo corazón, era la misma fe, la misma esperanza, nadie decía suya ninguna cosa porque nadie tenía nada. Y no está hablando ya solo de los bienes materiales, habla sobre todo de las actitudes, de la disponibilidad, de la entrega.
Y sigue diciendo: «Vendían sus posesiones y sus bienes y repartían el precio entre todos, según la necesidad de cada uno». Y entre nosotros, en nuestro tiempo cuando alguien toca el tema económico parece que llega el fin del mundo. Porque damos más importancia a muchas cosas que a tener «un solo corazón y una sola alma».

 
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