Vivir en la presencia del Señor

 
 
 
Vivir en la presencia del Señor
 
 
Ap 11, l9a; 12, 1. 3-6a.l0ab; Sal 44, l0bc.11-12ab. 16; 1Cor 15, 20-27a; Lc 1, 39-56
 
 
La representación iconográfica de la fiesta que hoy celebramos, nos habla por sí sola de nuestra vida, de lo que Dios guarda para nosotros.
Si en nuestro corazón no vive la presencia de Dios, no sabrá y no podrá hacer el camino con los hombres. Si nuestra vida no está al modo de la Madre de Dios, descansando en el Señor, no podremos hacer el camino con los hombres, ni podremos hacer nuestro camino hacia Dios.
Estando Jesús un día en la casa de Marta y María, en cierta manera recriminaba a Marta por su excesiva actividad. No es que la recriminara por hacer cosas, sino porque estaba perdiéndose lo más importante. No se trata de hacer o no hacer cosas. Se trata de vivir inmóviles ante Dios, con un corazón contrito y humillado. Pero ante Dios. Dejando esto bien sentado es posible –si podemos- hacer cincuenta mil cosas a la vez.
En nuestra vida cotidiana somos capaces de hacer muchas cosas a la vez. El problema no es hacer muchas o pocas cosas. La diferencia no está entre la actividad y la pasividad, la actividad y la quietud. La diferencia es hacerlo en la presencia del Señor, desde la presencia del Señor y desde ahí hacer lo que El diga. Eso es lo que marca la vida del cristiano: vivir en la presencia del Señor, en esa quietud con que la Madre del Señor en el momento de su tránsito aguardaba la llegada de los Apóstoles, sus hijos, nosotros. Y también en el que también aguardaba la venida del Señor. Evidentemente Ella no sabía cómo iba a suceder el tránsito; pero lo que tenía muy claro es que el Señor saldría a su encuentro y, más aún, vendría a recogerla. Cómo y de qué manera, pertenecía al misterio de Dios; pero así sucedió: como estaba en la presencia de Dios, Jesús pudo recogerla y conducirla al encuentro con la Trinidad.
Pues bien, el icono de esta fiesta representa nuestra vida de una manera muy simple: «Inmóviles ante Dios, esperando al Señor para llevar los hombres reconciliados a Dios». Pero –como contemplamos en el icono-
para llevarlos cuando el Señor nos va llevando a su presencia: en los brazos del Maestro. No se trata de pasividad, se trata de quietud. Se trata de inmovilidad. No se trata de no hacer cosas. Se trata de ser contemplativo: se trata de vivir en la presencia de Dios -como dice el Salmo- «contemplando su rostro». Estar descansando inmóviles ante Dios, para que el Señor pueda conducirnos, pueda llevarnos -como a la Madre de Dios-, no solo al reino eterno sino también al Reino de Dios que está ya entre nosotros (Lc 17, 21) para poder hacer lo que tengamos que hacer, que El conduzca de verdad nuestra vida. Conducirla El -lo expresa muy bien el icono- está representado por Jesús y llevando sobre su brazo el alma de la Madre de Dios. De esa manera fue asunta al cielo.
Yo diría que el ejemplo es muy sencillo y muy claro. Que Jesús nos lleva en los brazos, quiere decir que todo lo que hagamos lo hacemos desde los brazos de Dios, «como un niño en brazos de su madre» (Sal 131, 2) y como un niño de aquellos de los que gozaban de la compañía de Jesús cuando dijo: «Dejad que los niños vengan a mí» (Mt 19, 14).
Pero si observamos a los niños, a vuestros propios hijos, comprobamos que el niño no está inmóvil en ningún sitio, no se está quieto –si puede- ni en brazos de su madre, ni tampoco de su padre. No hablamos de quietud como sinónimo de pasividad. Hablamos de «vivir, y vivir en los brazos de Dios». Es decir, conscientes de que estamos en los brazos de Dios y buscando que sea El quien nos conduzca de una manera real. No que me lleve –digamos- a un lugar determinado porque quiero ir allí -como hacen los niños inconscientes de su vida y de su futuro- sino que nos lleve donde tengamos que ir, que hagamos lo que tengamos que hacer pero desde sus brazos, como el niño. Desde los brazos de Dios. Así nos lo representa el icono.
No queremos una vida independiente. No queremos una vida por nuestra cuenta. No queremos una vida que consista en hacer lo que nos plazca. Queremos una vida en los brazos de Dios. Y queremos una vida inmóvil en su presencia y siempre en sus brazos. Queremos escuchar y gobernar nuestra vida desde los brazos de Dios.
Y la Madre del Señor nos lo enseña de manera perfecta. Está ahí inmóvil. Pero está en el corazón de la Iglesia. No nos olvidemos. Si miramos el icono veremos a ambos lados de la Virgen están los Apóstoles y los Padres de la Iglesia.
Estar en los brazos de Dios es estar y vivir en el corazón de la Iglesia. Padecer y sufrir con la Iglesia. Reír y bailar con la Iglesia. Y desde ese vivir contemplando al Señor en el corazón de la Iglesia, padecer con los que padecen, sufrir con los que sufren, reír con los que ríen, vivir unidos a los más pobres de la tierra.
Pero ellos tienen un nombre concreto. Los más pobres de la tierra, evidentemente son aquellos que no tienen de que vivir, son aquellos que están padeciendo en África ahora, son los que padecen en el Extremo Oriente porque están viviendo en condiciones absolutamente inhumanas, los que padecen en América latina y en América del norte porque viven marginados, condenados a una pobreza que ni merecen ni desean. Eso es parte de nuestro vivir con la Iglesia. Sufrir con ellos, orar y padecer con ellos.

Tener un corazón con todas esas personas que son parte de nuestra vida. Ellos son la fuente, la raíz fundamental de nuestra vida.
Pero también son los pobres de la tierra aquellos que aún teniendo muchas cosas han perdido su humanidad y viven en los países poderosos. También ellos son parte de nuestra vida. Porque son aún más pobres porque han perdido la humanidad, han perdido el corazón y no lo saben, y han perdido de vista la humanidad… y hacen daño a otros, pero lo hacen –en muchas ocasiones- porque no saben lo que es el hombre, porque han perdido de vista a Dios, han perdido de vista el Amor, porque no conocen el amor de Dios y no saben amar. Ellos también son parte de nuestra vida. Para ellos hemos sido también congregados por el Espíritu Santo: para llevarlos reconciliados a Dios. Y «reconciliados a Dios» es reconciliados con Dios y reconciliados entre sí.
La Madre de Dios en Medjugorje volvía a decir prácticamente lo que el ángel dijera a san Pacomio: que era necesario que los hombres se reconciliaran con Dios y se reconciliaran entre sí.¿Desde dónde? desde el amor. ¿Cómo? amando. Y ¿cómo amar de verdad, cómo aprender el amor de verdad, cómo dejarse llenar del amor de verdad?
El icono de la Madre de Dios nos lo dice con claridad: estando inmóviles ante Dios, descansando en El y viviendo en su presencia de manera consciente y dejándonos conducir donde Dios nos lleve, como Jesús nos lleve y haciéndolo todo desde Jesús.
Y lo que Dios quiere de nosotros hemos de vivirlo en plenitud porque el mundo lo necesita. No porque necesite al otro sino porque necesita a Dios. Al Dios que quiere agarrarse a nosotros para hacerse sensible y visible, no por nuestros méritos que no hay ni uno. No por nuestras virtudes porque tampoco hay muchas, ni por nuestros títulos. Sino porque somos parte de esos pobres de la tierra.
Pues demos gracias a Dios, porque nos ha hecho capaces, sin ser capaces nos ha dado su Espíritu para que nos haga capaces -como decía san Agustín- de Dios y de hacer lo que Dios quiera, de vivir en los brazos de Dios, en los brazos de Jesús.
Escuchemos, pues, a Dios en el corazón y que El dirija nuestros pasos realmente y nos haga cada día capaces de ser, de ser nosotros mismos, lo que Dios quiere. Dios es más yo que nuestra propia intimidad. Dios nos conoce mucho más que nosotros. Pero Dios nos conoce como somos y nos conoce por dentro genialmente bien. Por eso es el mejor Maestro que puede conducirnos, porque nos conoce y sabe nuestras necesidades reales, lo que somos y lo que necesitamos y cómo hacernos felices y cómo reconciliarnos con Dios y cómo llevar los hombres reconciliados a Dios y cómo ayudar a los hombres a vivir reconciliados entre sí.
Simplemente, pues, quisiera terminar con aquellas palabras que dice el Señor: «Levantaos. No tengáis miedo» (Mt 17, 6). Y aquellas otras que decía Pablo VI a la vida contemplativa hace ya muchos años: «Sed lo que sois». No tengáis miedo, sed vosotros mismos, sed lo que sois viviendo la vocación a la que habéis sido llamados. No tengáis miedo. Entregaros a ella. Entregaros a Dios.

 
 
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