Seamos agradecidos con Dios

 
Miércoles 19 agosto 2009
 
Seamos agradecidos con Dios
 
 
Mientras los empleados, los jornaleros, andan ocupados en el trabajo y al final preocupados por su salario, olvidan que quizás lo más importante es poder ser jornaleros y trabajar en el campo de tal Señor.
A veces los hombres, nosotros todos, lo cual no nos justifica a ninguno, a veces andamos más preocupados y más ocupados en cosas determinadas que en reflexionar, que en alegrarnos, enardecer el poder servir a tal Señor. Ponemos nuestra mente y nuestro corazón en donde ponemos nuestras manos y nos ocupamos todo entero en el trabajo que estamos haciendo o en la conversación que estamos llevando o en la reflexión que estamos haciendo, en lugar de poner nuestra mente, y nuestro corazón en Dios. San Antonio lo decía: Lo esencial es poner las manos en el trabajo, la mente y el corazón en Dios.
Y pienso que muchas veces la cuestión es porque no somos agradecidos. Nos cuesta mucho dar gracias a Dios, nos cansamos de hacerlo cada día, cada instante, nos falta perseverancia. Entonces nuestra mente se dispersa, nuestro corazón se dispersa detrás del rebaño de otros compañeros –como dice El Cantar de los Cantares- o también a veces recordando las viejas cebollas de Egipto, como ocurrió con los israelitas. Lo importante, lo nuestro es estar con el Señor, es, trabajar para Él, vivir para Él, estar a su servicio y para vivir, trabajar, estar al servicio del Señor hay que tener la mente y el corazón en Dios.
Los jornaleros se quejaron porque unos habían recibido poco y se quejaron los que pensaron que habían recibido poco y así ocurre cuando nuestra mente y nuestro corazón está donde no debe, que siempre nos sentimos injustamente tratados, injustamente considerados, sentimos que no se nos hace el caso que se debiera, sentimos muchas cosas y nuestra mente se dispersa en lo que pensamos que debería ser, a veces con buenos sentimientos pero con poca cabeza y poco corazón y nos pasa como a los jornaleros que sentimos nuestra paga es pequeña porque no somos agradecidos y al no ser agradecidos no estamos valorando el gran privilegio que supone servir al Señor y más todavía en un tiempo como éste donde –dicho en lenguaje humano- es todo un lujo poder servir a Dios. Pocos son los que lo sirven y entre esos pocos nos ha cabido el privilegio de que estemos nosotros. Es todo un lujo poder servir al Señor cuando los hombres están tratando de hacerlo desaparecer de la historia.
Por eso la Palabra del Señor hace hoy la anotación pertinente en que seamos agradecidos con Dios por habernos llamado, por habernos elegido, por habernos llamado a su servicio, por dejarnos trabajar para Él, por permitirnos vivir para Él. No entremos en las cuestiones de los salarios porque ahí el enemigo siempre enredará nuestros planes, siempre nos enredará. Quedémonos donde estamos. Ser agradecidos con Dios porque nos ha llamado, nos ha elegido, nos ha consagrado, nos permite trabajar para Él, vivir con Él, ser suyos.
No dejemos nunca de dar gracias a Dios, ni un solo día, por el privilegio de haberle conocido, por el privilegio de servirle. No pongamos nuestra mente, nuestro corazón en lo que hemos o no hemos de hacer, en lo que podemos o no podemos trabajar, en lo que nos gustaría o no nos gustaría trabajar, porque también ahí nos enredará el enemigo. Pongamos nuestra mente y nuestro corazón en lo que es definitivo, desde la primera luz del alba del nuevo día servir al Señor.
Cuentan que Constantino el Grande reconoció en sí mismo como la religión oficial del Imperio y debía tener fe. Había tenido los signos suficientes para ello, pero decidió no bautizarse hasta el lecho de muerte porque pensaba –dice él- que como el bautismo perdona todos los pecados pues no le daría tiempo volver a pecar y se salvaría. Así pensaban los de la primera hora, pensaron así respecto a los de la última. Estos han venido al final y al final van a cobrar igual que nosotros.
No sea ese nuestro pensamiento. Adentrémonos a servir al Señor cuanto antes, a dar gracias al Señor cuanto antes, a ser constantes en el amor a Dios, en el servicio al Señor en nuestro agradecimiento, porque el Señor nos ha dado la oportunidad de conocerlo y servirlo desde nuestra juventud. Aprovechemos la vida que el Señor nos da porque el agradecimiento que debemos a Dios en esta vida será el camino mismo que nos conducirá a la vida eterna, la garantía de cobrar el salario justo no al final de los tiempos sino cada día, porque el Señor –como dice santa Teresa- es justo y no dejará nunca de pagaros vuestro salario.
Seamos agradecidos porque el Señor nos ha llamado, nos ha elegido y nos ha hecho de los suyos, de su casa. Tratemos las cosas de Dios con amor y con cariño, con ternura, las cosas de Dios, las cosas materiales del servicio de Dios y las cosas que también sirven con nosotros al Señor –por llamarlo de alguna manera-. Tratemos con amor y cariño a nuestros hermanos. No miremos lo que los demás hagan bien o mal, mirémonos a nosotros mismos y hagámoslo  bien con los hermanos, porque esa será la muestra de nuestro agradecimiento a Dios por habernos dado un hermano según nuestra medida y según nuestra necesidad. Seamos agradecidos en nuestro trato con las personas que lleguen porque en ellos llega el Señor. No tengamos reparo en llamar blanco a lo que es blanco y negro a lo que es negro si en ello y con ello entra en juego la felicidad y el bienestar de aquellos que nos hablan. Miremos con cariño las cosas que el Señor ha puesto en nuestras manos, la vida que el Señor nos ha dado, las minucias de cada día y por ellas demos también gracias a Dios, porque nos provee del alimento necesario, porque cada día nos da la Palabra que necesitamos escuchar, porque cada día nos ofrece la posibilidad de invocar la santa invocación, porque nos concede cada día subir un peldaño más de la escala del Paraíso.
Seamos agradecidos con Dios que vela nuestra salud y cuida nuestra enfermedad, porque el Señor siempre permanece a nuestro lado cuando estamos sanos pero también y especialmente cuando estamos enfermos.
A veces tenemos miedo o reparo a la enfermedad a tener una complicación de salud y es porque no vemos al Señor que está al lado nuestro dispuesto como enfermero, como médico a atender nuestra enfermedad para que salgamos de ella incluso.
Hay muchas cosas, todas las cosas son motivo de agradecimiento a Dios. Agradezcamos también, cómo no, el poder tener un lugar donde vivir, un lugar donde rezar, un lugar donde rezar juntos, donde poder celebrar la Eucaristía. No nos limitemos a entrar y salir de la iglesia. Demos gracias a Dios por este lugar santo, porque la presencia de Dios santifica este lugar y este lugar es fuente de santificación para nosotros.
Agradezcamos a Dios todos los medios que pone en nuestras manos para nuestra santificación. Trabajar para el Señor siempre lleva frutos abundantes y el Señor nos ha ganado y nos ha dado todo lo que necesitamos para llegar hasta Él.
Seamos pues agradecidos. Cantemos nuestro agradecimiento a tiempo y a destiempo. Proclamémoslo constantemente, elevemos nuestras voces al Señor con firmeza, dando gracias porque es bueno con nosotros, porque- como dicen nuestros hermanos de Oriente, porque es un Dios bueno y amigo de los hombres.
 
P. Alberto María, fmp.
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